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Per David R. Hawkins


La Presència
La Presència

Un profund silenci ho impregna tot al voltant, i el moviment es ralenteix i s'asserena. Tot irradia una intensa vitalitat. Totes i cadascuna de les coses són conscients de totes i cadascuna de les altres. La qualitat lluminosa de la radiació és aclaparantment Divina en la seua naturalesa. Ho abasta absolutament tot en la seua total Unitat, de manera que totes les coses estan interconnectades, en comunicació i harmonia, a través de la consciència i pel fet de compartir la qualitat bàsica de l'essència de la mateixa existència.

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Texto que sigue a continuación ha sido extraído del libro Vivir Un Curso de Milagros de Jon Mundy. Un texto muy esclarecedor porqué nos ayuda a entender y comprender mejor los conceptos utilizados en Un Curso de Milagros.


Perla
Perla

CAPÍTULO 4 – La Historia de la Salvación Una historia muy antigua: El himno de la perla.

Antes de adentrarnos en el «relato» del Curso, echemos un vistazo a una interpretación de una de las historias más antiguas del mundo. El himno de la perla es un viejo cuento sirio, mucho más antiguo que Los Hechos de Tomás, el texto del siglo tercero en el que se encuentra, y que refleja el mensaje contenido en Un Curso de Milagros.

«Un joven mora en un reino rico y maravilloso. Sus padres lo envían en una misión con provisiones «valiosas pero livianas» para que pueda cargar con ellas. Antes de marchar, el joven se desviste de sus Vestiduras de la Gloria y su espléndido manto, y en el corazón le graban un mensaje relacionado con su misión: debe obtener una perla de sabiduría que yace en el fondo de un mar que está rodeado por una peligrosa serpiente.

Al principio es acompañado por dos enviados reales, pues el camino es duro y peligroso, y él es joven. Al llegar a este nuevo mundo, se camufla en un cuerpo igual al de aquellos que lo rodean, y se mantiene alejado de otras personas hasta que reconoce a otro «ungido» y entre ellos nace una confianza mutua. Su amigo intenta advertirle contra los «impuros», quienes, al darse cuenta de que no es su compatriota, se predisponen en su contra. Pero acaba cayendo en las redes de los impuros que, con gran astucia, le cambian la bebida y le dan su carne. El joven se duerme y olvida su misión. No recuerda que es el hijo del rey, la perla de la sabiduría.

Los padres se enteran de lo ocurrido a su hijo y le escriben una carta instándolo a despertar, a alzarse de su sueño, a romper sus ataduras y recordar cuál es su destino. La misiva llega en forma de un águila «que llegó a ser toda palabra». Al oír su voz el joven despierta, abraza la carta, rompe el sello y rememora en su corazón las palabras de su padre. Se acuerda que es el hijo de un rey, un «alma nacida libre». Evoca la perla y la peligrosa serpiente, a quien se enfrenta y la hechiza repitiendo el nombre de su padre hasta que el reptil cae en un profundo sueño. Tras conseguir la perla, el joven emprende el camino de regreso a casa dejando atrás sus «prendas impuras».

La voz de la carta lo guía con su luz, ahuyenta sus miedos y lo conduce de vuelta a casa con su resplandor. Había olvidado las Vestiduras de la Gloria que dejó atrás durante su juventud, y, al volver a verlas, éstas se coinvierten en su espejo: «Me vi entero en ellas y a ellas las vi en mí». Vestido con ellas asciende a las puertas del saludo y adora el esplendor de su padre, que lo había enviado en una misión y cuyas órdenes ha, por fin, cumplido».

Interpretemos (desmitifiquemos) esta historia. Nosotros llegamos al mundo con la memoria de nuestros padres, que nos han enviado a cumplir una misión, en el corazón. Debemos descubrir (recordar) nuestra verdadera identidad como alma nacida libre (Espíritu). Después de ocultarnos en cuerpos como los que nos rodean, los impuros (el mundo movido por el ego) nos mezclan las bebidas de manera astuta y nos dan de comer su carne: nos cuentan su historia sobre el mundo y nos seducen hasta el punto de acabar soñando su sueño. Al prendarnos de ese mundo de ensueño, caemos en un estado de inconsciencia y creemos que ese sueño es la realidad. Olvidamos nuestra misión, olvidamos que de hechos somos Hijos de Dios. Nuestros padres, al ver que estamos dormidos, escriben la carta que nos insta a despertar. Esta carta puede ser la Biblia, el Corán, los Vedas, el Tao Te Ching, Un Curso de Milagros o cualquier tipo de inspiración o impartición de sabiduría. La voz de la carta «llega a ser toda palabra» y al escuchar su mensaje iniciamos nuestro despertar. Al hechizar a la serpiente (el ego), recuperamos la perla de la sabiduría y, gracias a que recordamos nuestra verdadera identidad como «almas que han nacido libres», dejamos atrás nuestras vestiduras impuras y regresamos al Hogar del Padre.

Presentación de los personajes (conceptos) de la obra

A veces las óperas empiezan con una obertura o con escenas que todavía han de llegar. Familiaricémonos con algunas palabras que no hemos clasificado en orden alfabético, sino más bien según esquema del argumento y enseñanzas del Curso. Fijémonos en los personajes de la obra, el tema básico del Curso, el argumento y la solución al problema que nos presenta su «historia».

Dios

Dios es una de las palabras que aparecen con mayor frecuencia en el Curso. Helen describe un sueño o visión donde se encontraba a la entrada de una cueva en la que, al adentrarse, halla un pergamino. Al desenrollarlo lee las palabras «Dios es» en el panel central del texto. A derecha e izquierda de la tabla empiezan a aparecer pequeñas letras, y se da cuenta de que enrollando el manuscrito hacia la izquierda podrá mirar hacia el pasado, y haciéndolo hacia la derecha, verá el futuro. Sin embargo, ella decide dejarlo justamente donde estaba y, escucha una voz que le dice: «Esta vez lo has superado. Gracias». Podríamos dejarlo en que «Dios es». El ego, el aspirante a culpable de nuestro relato, nos tienta a enrollar el pergamino, y en el instante en que lo hacemos, quedamos atrapados en el tiempo, en un drama, en una historia. En nuestra tragedia tienen lugar una interminable lista de problemas. Como un personaje de una película de Indiana Jones, nosotros (el ego) vamos de una desafiante aventura (problema) a otra.

Dios (Amor) es inefable y está más allá de nuestros poderes de definición. Buda se negó a definir a Dios argumentando que no era posible hacerlo. Inténtalo tú: no puedes. Define el amor. Es imposible.

El Curso intenta ayudarnos a recordar aquello que carece de forma y es abstracto. El ego nos recordaría aquello concreto y delimitado por el tiempo y el espacio. Esta parte concreta del alma cree en el ego, pues éste depende de lo concreto (T-4.VII.1:4). Dios es abstracción divina. Dios es mente. Dios es vida. Dios es amor. Cuanto más vivos estamos, más amor experimentamos; cuanto más amor experimentamos, más vivos estamos, más conocemos a Dios. Vida-Amor-Verdad-Dios no puede ser delimitado. Dios, el que otorga la vida, es descrito en el Curso como Padre. El Padre tiene un Hijo llamado Cristo. «Tú» eres el Hijo de Dios, todos somos los hijos e hijas de Dios. Lo que Dios quiere para todos nosotros es la «perfecta felicidad», que a menudo es descrita como paz, dicha, inocencia y libertad.

El Espíritu Santo

El Espíritu Santo es la Voz de Dios, la mente de Cristo, la Luz, el puente que conduce al Cielo y el enlace que permite la comunicación entre nosotros y Dios. Es una idea en mi mente que me ayuda a comprender mi mente recta. Así pues, es una memoria en la mente del Hijo de Dios. Ésta es una memoria que no hemos perdido en ningún momento, sino que ha sido nublada por nuestras vagas ensoñaciones sobre el mundo. El Espíritu Santo es la motivación para la orientación milagrosa. Es la respuesta de Dios a la separación (T-5.II.2:5) y «la decisión» de reparar esa separación. Ve nuestras aterradoras percepciones e intenta ayudarnos a superarlas. Él está en nosotros en un sentido muy literal (T-5.II.3-4). Es el maestro interior, nos consuela, es el guía, sanador y mediador.

«La voz del Espíritu Santo no da órdenes porque es incapaz de ser arrogante. No exige nada porque su deseo no es controlar. No vence porque no ataca. Su Voz es simplemente un recordatorio. Es apremiante únicamente por razón de lo que te
recuerda.» (T-5.II.7:1-5).

Jesús

Jesús es alguien que rememoró quién era como Espíritu, recordó su identidad: «Yo y el Padre somos uno» (Juan 10:29-31). Él, siendo hombre, vio la faz de Cristo en todos sus hermanos y recordó a Dios (C-5.2:1). Jesús también es el «yo» del Curso que aparece en frases como: «Puedes hacer cualquier cosa que yo te pida. Te he pedido que obres milagros.» (T-2.II.1:1-2).

Cristo

Cristo es el Hijo de Dios. Sin embargo, dado que todos somos la Filiación, también somos Cristo. Aún así, estando atrapados en el sistema de pensamiento del ego, no conocemos (no recordamos) nuestra realidad como Cristo.

es (normalmente eso no sería español correcto, pero en este caso «tú» es un personaje del Curso) el personaje más mencionado en el Curso, pues aparece varios miles de veces. En el Curso aparecen tres tipos de «tú»:

  1. A veces el Curso habla de un tú en referencia al ego, como por ejemplo en: «Crees ser la morada del mal, de las tinieblas y del pecado» (LE-93.1:1). Ese es el tú del cuerpo/personalidad.
  2. Entonces aparece un tú que es quién toma las decisiones u observa. Éste es el tú a quien el Curso se dirige en la mayoría de ocasiones. Es la parte que atiende y decide entre el ego y el Espíritu Santo, entre la mente recta y la mente no recta.
  3. Por último, está el Tú que es el Ser, el Hijo de Dios, Cristo, el Tú que es la Unicidad.

El Ego

El ego es una creencia o concepto falso que tenemos de nosotros mismos. Es un sueño sobre lo que creemos que somos. Es algo que intentamos pensar aparte de Dios. Es un error, una percepción falsa, una fantasía que nada tiene que ver con la verdad. Para el ego, el ego es Dios (T-13.II.6:3). Es una voluntad opuesta a la Voluntad de Dios. Es la parte de nosotros a la que le gusta ser un individuo independiente. El ego no es nada, a pesar de que en el sueño parece serlo todo. Es aquello que define, interpreta, proyecta y juzga. Lo que siempre está inventando el mundo. Tú estás, yo estoy, nosotros estamos siempre concibiéndolo. En realidad, la verdad es que el ego no existe; no es más que una idea. Según el Curso, hace mucho que este mundo desapareció (T-28.I.1:6). El guión ya está escrito. Podemos cambiar nuestra percepción del mundo, pero no el propio mundo y desde luego, no podemos cambiar el Cielo. Aceptar la verdad significa reconocer lo que ya existe; implica despertar del sueño.

«Tener plena conciencia de la Expiación es, por lo tanto, reconocer que la
separación nunca tuvo lugar. El ego no puede prevalecer contra esto porque ello
es una afirmación explícita de que él nunca existió.» (T-6.II.10:7-8).

El diablo

El diablo es también una creencia y, de la misma manera que el ego, tampoco existe. Sin embargo, la mente puede hacer que la creencia en la separación sea muy real y aterradora, y esta creencia es el “diablo” (T-3.VII.5:1). Así pues, el diablo es más o menos el equivalente de que el ego sea algo diferente de nuestro verdadero Ser.

El Cuerpo

El cuerpo es el hogar que el ego ha elegido (T-23.I.3:3), una limitación en el sueño que, tal como Shakespeare dijo, «aparece un momento en el escenario y después no se le vuelve a ver». Es la imagen que tenemos de nosotros mismos, fuera de nosotros mismos; parte de la máscara, del personaje, del disfraz. Al desconocer nuestra verdadera identidad, que va más allá del cuerpo, creemos ser cuerpos. Éste no es malo ni bueno pues, como el mundo, el cuerpo es neutro. Su única función es la que le otorga la mente como dispositivo de aprendizaje para saber cómo despertar del sueño. Los cuerpos son limitaciones temporales de forma. Una simple prueba de que no somos cuerpos es el hecho de que dentro de cuarenta o cincuenta años los cuerpos de muchos de los que están leyendo estas palabras ya no existirán. Ello no dice nada sobre la eternidad como Espíritu. ¿Quién parece poseer el cuerpo? Cuando alguien formulaba una pregunta al sabio Ramana Maharshi (1879-1950), él respondía a menudo con un: «¿quién lo quiere saber?». ¿Quién es responsable de la pregunta?

Los ídolos

Un ídolo es algo que colocamos ante Dios; cualquier cosa que se convierte en un sustituto Suyo. A menudo no reconocemos a los ídolos, porque no caemos en la cuenta de que los hemos creado para sustituir a Dios.

«Has depositado tu fe en los símbolos más triviales y absurdos: en píldoras, dinero, ropa “protectora”, influencia, prestigio, caer bien, estar “bien” relacionado y en una lista interminable de cosas huecas y sin fundamento a las que dotas de poderes mágicos.» (LE-50.1:3).

Un ídolo es una imagen de un hermano o hermana a la que valoramos más de lo que él o ella es en realidad. Es un deseo convertido en algo tangible y real (T-29.VIII.3:2). Es una creencia. Cuando la creencia desaparece, el ídolo muere.

Los Milagros

El milagro es una corrección introducida en el pensamiento falso (T-1.I.37). Es un cambio mental que desvía la percepción de la inconsciencia a la conciencia. Es un abandono de toda forma de defensa, de todos nuestros pensamientos de ataque y ocultación; el fin de las ilusiones. La ruina de la creencia en el pecado, la culpa y el miedo. No se trata de un cambio en las circunstancias externas, sino que es una corrección de la percepción equivocada, un método de aprendizaje, una lección de verdad que se introduce en el pensamiento falso. Es dejar a un lado los falsos dioses, aceptar la Expiación. El milagro no hace nada. El milagro deshace (T-28.O.1:1-2).

La definición de términos continúa en los siguientes dos capítulos a través de un análisis del argumento básico de la historia que nos ocupa, el funcionamiento de la mente y la dinámica básica del ego.

Jon Mundy
Jon Mundy

Es catedrático en la Universidad Estatal de Nueva York y ha dictado clases sobre  "Historia del Misticismo ", "Historia de La Filosofía" y "Psicología de La Religión", entre otras cátedras.

Fue ministro metodista ordenado durante 45 años, habiendo comenzado como pastor en iglesias rurales en Missouri en el año  1961. Fue editor de varias publicaciones y desde 2002 hasta la actualidad edita y publica la revista "Milagros".

Es autor de ochos libros basados en Un Curso de Milagros entre los que se destacan "El Místico De Missouri", "Escuchando A Tu Guía Interior", "Las Diez Leyes de la Felicidad", "¿Qué es el Misticismo?" y "Vivir Un Curso de Milagros".

Jon fue uno de los  primeros estudiantes y maestros del Curso, guiado directamente de la mano de Helen Schucman a lo largo de sus  primeros y complejos pasos hacia una espiritualidad plena y abundante. Para más detalles sobre el autor y sus otras, visita su sitio en internet www.miraclesmagazine.org

Mente universal
Mente universal

Déu

D'acord amb el Curs, Déu en el seu estat original abans de la creació, era l'única cosa i l'únic que existia. El seu estat era un de total pau, poder absolut i manca total de necessitat o limitació alguna. La seua dimensió d'existència era la dimensió espiritual o dimensió Divina en la qual no existeix la ment concreta, els pensaments o les paraules. Igualment no existeix la matèria ni el temps. És l'abstracte absolut i impersonal.

Una de les característiques de la Divinitat és el seu amor que tot ho abasta el qual la mou a compartir el seu estat de perfecció i poder, però al no existir ningú més que Ella, decideix crear un altre Ésser.

El Fill de Déu

La creació es dóna per un procés d'extensió, doncs al no haver-hi més d'on traure matèria primera, sinó Déu mateix, la creació té necessàriament que fer-se d'aquesta manera. El resultat és que després de la creació existeixen Déu i el seu Fill. Dos Éssers diferenciats però no separats. En essència són un solament doncs Déu en estendre's no es va dividir, solament va créixer per dir-ho d'alguna manera.

Al principi el Fill gaudeix de la meravella de ser un amb el seu Pare, però eventualment decideix que vol experimentar una mica més i al no haver-hi forma d'experimentar res més que la realitat en la qual va ser creat, decideix llavors fabricar alguna cosa que no pertanga a l'àmbit Diví. Açò per definició era impossible, però el Fill de Déu és el mateix Déu, per la qual cosa para ell no hi ha gens impossible.

El seu primer pas va ser llavors fer que la separació entre ell i el seu Pare semblara real a través de la invenció de la percepció.

La percepció passa a ser llavors el mag que materialitza el món en una part de la ment del Fill de Déu la qual ell va destinar per a aquest propòsit. Aquesta part de la ment va ser configurada per a retornar-li al perceptor una imatge exacta del que té en la seua ment i fer semblar que la imatge és real i que està efectivament “fora” del perceptor. Est va ser el truc per mitjà del com es va materialitzar l'univers físic.

D'acord amb el plantejament del Curs, l'univers no existeix i no és més que un somni, exactament igual als somnis que tenim mentre dormim i el nostre cos descansa, solament que aquest somni és el somni del Gran Somiador o Fill de Déu, per la qual cosa és estable i consistent.

El Fill de Déu es va obsessionar amb el plaure que era possible experimentar a través del cos físic i els seus sentits i es va quedar atrapat en el somni, oblidant per complet qui és i per tant que la seua naturalesa és Divina.

L'Espirit Sant

El Pare en el seu immens amor, va respondre a l'acte temerari del seu Fill amb la creació d'un tercer Ser qui tindria la missió de rescatar al seu Fill de la il·lusió. Aquest Ésser és l'Esperit Sant.

D'acord amb el Curs, l'Esperit Sant està en la ment del Fill, per la qual cosa està en la ment de tots nosaltres i per tant és possible comunicar-se amb ell directament i rebre els beneficis de la seua guia perfecta per a eixir de la il·lusió i retornar a l'estat de perfecta pau en la qual ens va crear el nostre Pare.

El Curs és la guia per a aconseguir aquesta comunicació i per a tal efecte redefineix l'ésser, l'univers, la percepció, les relacions, el perdó, el camí espiritual, la meta de l'ésser humà i moltíssims altres conceptes. Aquesta re-definició entrena la ment per a comunicar-se amb “la Veu que parla per Déu” com repetidament li crida a l'Esperit Sant.

Finalitat de "Un Curso de Milagros"

La comunicació té per objectiu aconseguir una encara major neteja i il·luminació de la ment de manera que l'estudiant finalment aconseguisca un estat de purificació que li permet convertir la seua existència en el plànol físic en un xicotet paradís. A aquest estat li crida “el món real” i diu que és el més semblat a l'estat original de la ment o seny. Una vegada s'arriba a aquest punt, Déu dóna el següent pas i desperta a l'estudiant a la seua realitat Divina i tot-poderosa, és a dir, al mateix estat de "supra-consciència" permanent del que gaudia abans de la caiguda en el món.

Una vegada allí, l'estudiant es dedica a ajudar a Jesús i a tots els altres que ja han despertat a portar el despertar a la resta del Fill de Déu, és a dir, als éssers conscients que encara habiten l'univers físic.

Dr. David R. Hawkins
Dr. David R. Hawkins

Anoche termine de leer el libro del Dr. David R. Hawkins "Dejar ir", libro que recomiendo vivamente a todo buscador espiritual. Un libro que enseña a "Dejar ir", a desapagarnos de las emociones y dejarlas fluir sin quedarnos enganchados a ellas. El autor hace un analisis detallado de las emociones más problemáticas y nos facilita técnicas y herramientas para desapegarnos de ellas.Técnicas que pienso poner en práctica en mi vida diaria ya.

Pero no es motivo de este artículo hacer una reseña de este libro, eso será motivo de otro artículo. Lo que deseo es transcribiros la nota autobiográfica del Dr Hawkins que figura al final de todos sus libros y que da idea de la fuerza y claridad de sus argumentos y la razón de su trayectoria personal y profesional. Nota larga pero que he transcrito literalmente y que no tiene desperdicio y que recomiendo leer hasta el final:

Si bien las verdades expuestas en este libro estaban científicamente fundamentadas y objetivamente organizadas, al igual que todas las verdades, con anterioridad a todo ello, se experimentaron personalmente. Toda una vida de intensos estados de conciencia, que comenzaron a edad temprana, inspiró y dio dirección al proceso de realización subjetiva que, finalmente, tomó la forma de este libro.

A los tres años de edad, tuvo lugar una repentina consciencia plena de la existencia, una comprensión no verbal pero completa del significado del "Yo Soy", seguido inmediatamente por la temible toma de conciencia de que el "yo" podría no haber venido a la existencia. Esto fue un despertar instantáneo, desde el olvido hasta una conciencia consciente, y en ese momento nació el yo personal, entrando la dualidad "Es" y "No Es" en mi conciencia subjetiva.

A lo largo de toda la infancia y primera adolescencia, la paradoja de la existencia y la pregunta de la realidad del yo no dejaron de ser una preocupación. El yo personal se deslizaba a veces en un Yo impersonal más grande, y el miedo inicial a la no existencia, el miedo fundamental a la nada, volvía a aparecer.

En 1939, cuando era repartidor de periódicos, con un recorrido de treinta kilómetros en bicicleta por los campos de Wisconsin, en una oscura noche de invierno, me sorprendió una ventisca de nieve de veinte grados bajo cero a mucha distancia de casa. La bicicleta tropezó con el hielo, y el viento endiablado arrancó los periódicos de la cesta del manillar, arrastrándolos por el campo nevado cubierto de hielo. Cayeron lágrimas de frustración y de cansancio, mientras las ropas se quedaban congeladas y rígidas. Para ponerme a resguardo del viento, hice un agujero en el hielo en una gran masa de nieve y me metí a rastras en él. Los temblores no tardaron en cesar y en dar paso a una sensación deliciosamente cálida, para luego entrar en un estado de paz indescriptible, que vino acompañado de un baño de luz y una presencia de infinito amor sin principio ni final, que no se diferenciaba de mi propia esencia. El cuerpo físico y todo lo que me rodeaba se desvaneció a medida que mi conciencia se fundía con este estado omnipresente e iluminado. La mente quedó en silencio; todo pensamiento cesó. Una Presencia Infinita era todo lo que había o podía haber, más allá de cualquier tiempo o descripción.

Después de ese estado de intemporalidad, llegó de pronto la conciencia de alguien que me sacudía la rodilla y, luego, apareció el ansioso rostro de mi padre. Sentía una gran reluctancia a volver al cuerpo y a todo lo que suponía, pero el amor y la angustia de mi padre hicieron que el Espíritu nutriera y reactivara el cuerpo. Había una gran compasión por el miedo de él a la muerte, aunque, al mismo tiempo, el concepto de muerte parecía absurdo.

No se habló con nadie de esta experiencia subjetiva, dado que no había disponible contexto alguno a partir del cual describirla. No era habitual oír hablar de experiencias espirituales, salvo las que se contaban de las vidas de los santos. Pero, después de esta experiencia, la realidad aceptada del mundo empezó a antojarse tan sólo provisional; las enseñanzas religiosas tradicionales habían perdido el sentido y, paradójicamente, me hice agnóstico. Comparado con la luz de la Divinidad que había iluminado toda existencia, el dios de la religión tradicional brillaba con una luz mortecina; y así, la espiritualidad sustituyó a la religión.

Durante la segunda guerra mundial, las peligrosas tareas a bordo de un dragaminas solían llevarnos a las proximidades de la muerte, pero no había ningún miedo ante ella. Era como si la muerte hubiera perdido su autenticidad. Después de la guerra, fascinado con las complejidades de la mente y queriendo estudiar psiquiatría, llevé a cabo mis estudios en la facultad de medicina. Mi psicoanalista instructor, un profesor de la Universidad de Columbia, también era agnóstico; los dos teníamos una visión muy sombría de la religión. El análisis fue bien, al igual que mi carrera, y todo terminó satisfactoriamente.

Sin embargo, mi vida profesional no fue tan tranquila. Caí enfermo de una dolencia progresiva y fatal, que parecía no responder a los tratamientos habituales. A los treinta y ocho años de edad, estuve in extremis, y supe que estaba a punto de morir. No me preocupaba el cuerpo, pero mi espíritu estaba en un estado de angustia y desesperación extremas. Y, cuando se aproximaba el último momento, un pensamiento fulguró en mi mente, "¿Y qué pasaría si existiera Dios?". De modo que me puse a orar: "Si existe un Dios, le pido que me ayude ahora". Me rendí ante cualquier Dios que pudiera haber y me sumí en el olvido. Cuando desperté, había tenido lugar una transformación tan enorme que me quedé mudo de asombro.

La persona que yo había sido ya no existía. Ya no había un yo o un ego personal, sólo una Presencia Infinita de un poder tan ilimitado, que no había nada más que eso. Esa Presencia había sustituido a lo que había sido "yo", y el cuerpo y sus acciones estaban controlados ahora sólo por la Voluntad Infinita de la Presencia. El mundo estaba iluminado con la claridad de una Unidad Infinita, que se expresaba en todas las cosas reveladas en su belleza y perfección infinitas.

Esta serenidad persistió con el transcurso de los años. No había voluntad personal; el cuerpo físico seguía llevando a cabo sus asuntos bajo la dirección de la infinitamente poderosa, pero exquisitamente suave, Voluntad de la Presencia. En ese estado, no había necesidad alguna de pensar en nada. Toda verdad era evidente en sí misma, y ya no era necesaria ninguna conceptualización, ni siquiera era posible. Al mismo tiempo, el sistema nervioso parecía estar sometido a prueba, como si estuviera llevando mucha más energía de la que permitía el diseño de sus circuitos.

No era posible funcionar de forma eficaz en el mundo. Las motivaciones ordinarias habían desaparecido, junto con el miedo y la ansiedad. No había nada que buscar, dado que todo era perfecto. La fama, el éxito y el dinero carecían de sentido. Los amigos me instaban pragmáticamente a que volviera a la consulta clínica, pero no había ninguna motivación ordinaria que me llevara a ello.

Ahora podía percibir la realidad que subyace a las personalidades; el origen de las dolencias emocionales se halla en la creencia de las personas de que ellas son sus personalidades. Y así, como por sí mismo, el consultorio clínico se volvió a poner en marcha y, con el tiempo, creció enormemente.

Venía gente de todos los Estados Unidos, y el consultorio llegó a tener dos mil pacientes externos, que precisaban de más de cincuenta terapeutas y demás empleados, con veinticinco oficinas, y laboratorios de investigación y electroencefalográficos. Cada año, llegaban mil pacientes nuevos y, además, comenzaron a darse entrevistas en la radio y en los programas de las cadenas de televisión, como ya se ha mencionado. En 1973, las investigaciones clínicas se documentaron en el formato tradicional de un libro, Orthomolecular Psychiatry. Esta obra iba diez años por delante de su tiempo, y generó cierto revuelo.

Las condiciones generales del sistema nervioso mejoraron lentamente y, luego, comenzó otro fenómeno. Había una dulce y deliciosa corriente de energía que fluía constantemente hacia arriba por la médula espinal para entrar después en el cerebro, donde generaba una intensa sensación de placer ininterrumpido. Todo en la vida sucedía por sincronicidad y se desarrollaba en perfecta armonía; lo milagroso era habitual. La Presencia, y no el yo personal, era el origen de lo que el mundo llamaría milagros. Lo que quedaba del "yo" personal era sólo un testigo de estos fenómenos. El "Yo" mayor, más profundo que mi anterior yo o anteriores pensamientos, determinaba todo cuanto sucedía.

De los estados que se presentaban habían dado cuenta otros a lo largo de la historia, y eso llevó a la investigación de las enseñanzas espirituales, entre ellas las de Buda, las de sabios iluminados, las de Huang Po, y las de maestros más recientes, como Ramana Maharshi y Nisargadatta Maharaj. Así quedó confirmado que estas experiencias no eran únicas. El Bhagavad-Gita tenía ahora pleno sentido, y a veces nos encontrábamos con que Sri Ramakrishna y los santos cristianos daban cuenta de los mismos éxtasis espirituales.

Todos los objetos, todas las personas en el mundo eran luminosos y exquisitamente hermosos. Todos los seres vivos se hicieron Radiantes, y expresaban esta Radiación en serenidad y esplendor. Era evidente que toda la humanidad estaba en realidad motivada por el amor interior, pero que simplemente ya no era consciente de ello; la mayoría de las personas viven como en un sueño, y no despiertan a la conciencia de lo que realmente son. La gente a mi alrededor parecía estar dormida, y era increíblemente hermosa. Era como si estuviera enamorado de todo el mundo.

Tuve que dejar la práctica habitual de meditar durante una hora por la mañana y otra hora después de cenar, porque intensificaba el arrobamiento hasta tal punto, que no era posible funcionar en el mundo. De nuevo, hubo una experiencia similar a la que había tenido lugar bajo aquella masa de nieve cuando era un chico, y cada vez resultaba más difícil dejar aquel estado para volver al mundo. La belleza increíble de todas las cosas brillaba en toda su perfección, y donde el mundo veía fealdad, sólo había belleza intemporal. Este amor espiritual impregnaba toda percepción, y desaparecieron todos los límites entre el aquí y el allí, el después y el ahora, o la separación.

Durante los años pasados en el silencio interior, creció la fuerza de la Presencia. La vida ya no era personal; ya no existía la voluntad personal. El "yo" personal se había convertido en un instrumento de la Presencia Infinita, e iba de aquí para allí y hacía las cosas como si tuviera voluntad. La gente sentía una extraordinaria paz dentro del aura de esa Presencia. Los buscadores buscaban respuestas, pero ya no había nada individual que respondiera al nombre de David. Ciertamente, se daban respuestas muy delicadas desde el propio Yo de ellos, que no era diferente del mío. En cada persona, el mismo Yo brillaba en sus ojos.

Lo milagroso acaeció más allá de la comprensión ordinaria. Desaparecieron muchas dolencias crónicas que el cuerpo había estado sufriendo durante años; la visión ocular se normalizó espontáneamente, y ya no hubo más necesidad de llevar unas lentes bifocales que, en teoría, debían haber sido para toda la vida.

De vez en cuando, una energía exquisita de arrobo, un Amor Infinito, comenzaba a irradiar de pronto desde el corazón hacia el escenario de alguna calamidad. Una vez, mientras conducía por la autopista, esta energía exquisita comenzó a brillar en el pecho. Al tomar una curva, apareció un automóvil accidentado; el vehículo estaba volcado, y las ruedas aún estaban girando. La energía pasó con gran intensidad desde el pecho hasta los ocupantes del automóvil, y luego se detuvo por sí sola. En otra ocasión, mientras iba caminando por una calle de una ciudad que no conocía, la energía comenzó a fluir en dirección a la manzana siguiente, hasta llegar a la escena de una incipiente pelea de pandillas. Los muchachos se retrajeron y se echaron a reír; y, entonces, una vez más, la energía se detuvo.

Profundos cambios de percepción se dieron sin previo aviso en circunstancias improbables. Mientras cenaba solo en Rothman's, en Long Island, la Presencia se intensificó de pronto hasta que cada objeto y cada persona, que parecían estar separados bajo la percepción ordinaria, se desvanecieron en una universalidad y unidad intemporal. En aquel Silencio inmóvil, se hizo obvio que no había "acontecimientos" ni "cosas", y que en realidad nada "ocurre", porque pasado, presente y futuro no son más que artefactos de la percepción, al igual que la ilusión de un "yo" separado, sujeto al nacimiento y la muerte. A medida que el yo limitado y falso se disolvía en el Yo universal de su verdadero origen, surgía la sensación inefable de haber vuelto a casa, a un estado de absoluta paz y de alivio de todo sufrimiento. Es únicamente la ilusión de la individualidad la que da origen a todo sufrimiento; en cuanto uno se da cuenta de que en realidad es el universo, completo y uno con "Todo lo que es", para siempre sin fin, ya no es posible ningún sufrimiento.

Venían pacientes de todos los países del mundo, algunos de ellos eran los más desesperados de los desesperados. Llegaban con aspectos grotescos, retorcidos, envueltos en sábanas húmedas, con las que los transportaban desde lejanos hospitales, esperando un tratamiento para una psicosis avanzada y para trastornos mentales graves e incurables. Había algunos catatónicos; muchos habían estado mudos durante años. Pero, en cada paciente, por debajo de su apariencia lisiada, estaba la brillante esencia del amor y la belleza, quizá tan oscurecida para la visión ordinaria que la persona había llegado a no sentirse amada por nadie en el mundo.

Un día, trajeron a una catatónica muda al hospital con una camisa de fuerza. Tenía un grave trastorno neurológico y era incapaz de mantenerse en pie. Se retorcía en el suelo, con espasmos y con los ojos en blanco. Tenía el cabello enmarañado; había desgarrado toda su ropa y emitía sonidos guturales. Su familia era bastante rica y, debido a ello, la habían estado viendo durante años un sinfín de médicos y de especialistas de todo el mundo bastante famosos. Se había intentado todo con ella, y la profesión médica se había dado por vencida con su desesperanzador caso.

Surgió una escueta pregunta sin verbalizar: "¿Qué quieres hacer con ella, Dios?". Y entonces se hizo claro que lo único que aquella mujer necesitaba era que la amaran, eso era todo. Su yo interior brillaba a través de los ojos, y el Yo conectó con aquella esencia amorosa. Y en aquel mismo momento se curó, al darse cuenta de quién era realmente; lo que pudiera ocurrirle a su mente o a su cuerpo ya no le importaba.

Esto, en esencia, ocurrió con innumerables pacientes. Algunos se recuperaban a los ojos del mundo y otros no, pero a los pacientes ya no les importaba que se diera o no una recuperación clínica. Su agonía interna había terminado. En el momento se sentían amados y en paz, el dolor cesaba. Este fenómeno sólo se puede explicar diciendo que la Compasión de la Presencia recontextualizaba la realidad de cada uno de los pacientes de tal modo, que experimentaban la curación en un nivel que trascendía el mundo y sus apariencias. La paz interior del Yo nos envolvía a todos más allá del tiempo y de la identidad.

Era evidente que todo dolor y todo sufrimiento surgen únicamente del ego y no de Dios, y esta verdad se le comunicaba silenciosamente a la mente del paciente. Ése era el bloqueo mental de otro catatónico, que llevaba sin hablar muchos años. El Yo le dijo a través de la mente: "Estás culpando a Dios por lo que el ego te ha hecho a ti". Y el paciente dio un salto y se puso a hablar, para sorpresa de la enfermera que presenciaba el incidente.

El trabajo se hacía cada vez más gravoso, y llegó a hacerse abrumador. Se rechazaba a los pacientes, a la espera de que hubiera camas, a pesar de que el hospital había construido una sala extra para albergarlos. Era enormemente frustrante no poder contrarrestar el sufrimiento humano más que de uno en uno. Era como achicar agua del mar. Debía de haber algún otro modo de abordar las causas del malestar general, de aquel interminable río de angustia espiritual y de sufrimiento humano.

Todo esto llevó al estudio de la kinesiología, que resultó ser un descubrimiento sorprendente. Era un "agujero de gusano" entre dos universos: el mundo físico y el mundo de la mente y del espíritu. Era un interfaz entre dos dimensiones. En un mundo lleno de gente dormida, que había perdido la conexión con su origen, nos encontrábamos con una herramienta que permitía recuperar, y demostrar ante todos, la conexión perdida con la realidad superior. Esto llevó a poner a prueba cada sustancia, pensamiento y concepto que pudiera ser traído a la mente. En aquel esfuerzo, recibí la ayuda de mis alumnos y de mis ayudantes de investigación. Y entonces se hizo un importante descubrimiento: mientras que todos los individuos daban una respuesta débil ante estímulos negativos, como las luces fluorescentes, los pesticidas y los edulcorantes artificiales, los estudiantes de disciplinas espirituales que habían desarrollado sus niveles de consciencia no daban respuestas débiles como las que daban las personas normales. En su consciencia, había cambiado algo importante y decisivo. Al parecer, ocurría cuando se daban cuenta de que no estaban a merced del mundo, y que sólo se veían afectados por aquellas cosas en las que creía su mente. Quizá el proceso de desarrollo hacia la iluminación podría enseñarse para incrementar la capacidad de resistencia del hombre ante las vicisitudes de la existencia, incluidas las enfermedades.

El Yo tenía la capacidad de cambiar las cosas del mundo, simplemente, previéndolas; el Amor cambiaba el mundo cada vez que sustituía al no amor. La disposición general de la civilización se podía alterar profundamente concentrando este poder del amor en un punto muy concreto. Cada vez que esto sucedía, la historia se bifurcaba en nuevos caminos.

Y, ahora, daba la impresión de que estos atisbos cruciales no sólo se podían comunicar con el mundo, sino que, además, se podían demostrar de forma visible e irrefutable. Daba la impresión de que la gran tragedia de la vida humana siempre había sido lo fácil que era engañar a la psique; la discordia y los conflictos habían sido las consecuencias inevitables de esa incapacidad básica de la humanidad para distinguir lo falso de lo verdadero. Pero aquí había una respuesta para este dilema fundamental, una forma de recontextualizar la naturaleza de la misma consciencia y de hacer explicable aquello que, de otro modo, sólo se podía inferir.

Había llegado el momento de dejar la vida en Nueva York, con su apartamento de ciudad, y mudarse a una casa en Long Island para hacer algo más importante. Era necesario perfeccionarme a mí mismo como instrumento, y eso suponía dejar el mundo y todo lo que hay en él para sumergirme en una vida de reclusión en una pequeña ciudad, donde pasaría siete años entregado a la meditación y el estudio.

Sin buscarlos, volvieron los abrumadores estados de arrobamiento y, con el tiempo, surgió la necesidad de aprender el modo de estar en la Presencia Divina y, aun así, seguir funcionando en el mundo. La mente había perdido el rastro de lo que estaba sucediendo en el mundo en general y, con el fin de investigar y escribir, se hizo necesario abandonar la práctica espiritual y concentrarse en el mundo de la forma. Leyendo periódicos y viendo la televisión, pude ponerme al día con la historia de quién era quién, con los principales acontecimientos y con la naturaleza del diálogo social en curso.

Las excepcionales experiencias subjetivas de la verdad, que es competencia de los místicos, que influyen en toda la humanidad enviando energía espiritual a la consciencia colectiva, son algo incomprensible para la mayoría de las personas y tienen por tanto un sentido limitado, salvo para otros buscadores espirituales. Esto llevó a un gran esfuerzo por ser ordinario, porque el mero hecho de ser ordinario es una expresión de la divinidad; la verdad del yo verdadero de uno se puede descubrir en el sendero de la vida cotidiana. Lo único que hace falta es vivir con cariño y con bondad. El resto se revela por sí mismo a su debido tiempo. Lo corriente y Dios no son cosas diferentes.

Y así, tras un largo viaje circular del espíritu, se regresó al trabajo más importante, que consistía en intentar traer la Presencia al menos un poco más cerca de tantas personas como fuera posible.

David R. Hawkins

La Presencia es silenciosa y transmite un estado de paz, que es el espacio en el cual y por el cual todo es y tiene su existencia y experiencia. Es infinitamente suave y, no obstante, es como una roca. Con ella, desaparece todo temor. Y, debido a que el sentido del tiempo se detiene, no hay aprensión ni pesar algunos, no hay dolor, no hay anticipación; la fuente de la alegría es interminable y siempre está presente. Sin principio ni final, no hay pérdida, ni pesar, ni deseo; no hace falta hacer nada, todo es ya perfecto y completo.

Cuando el tiempo se detiene, todos los problemas desaparecen; son meramente artefactos de un punto de percepción. Cuando se impone la Presencia, ya no hay más identificación con el cuerpo o con la mente. Y, cuando la mente guarda silencio, el pensamiento "Yo Soy" desaparece también, y la Conciencia Pura brilla para iluminar lo que uno es, fue y siempre será, más allá de todos los mundos y todos los universos, más allá del tiempo y, por tanto, sin principio ni fin.

La gente se pregunta: "¿Cómo se alcanza este estado de conciencia?", pero son pocos los que siguen los pasos, debido a su sencillez. En primer lugar, el deseo de alcanzar ese estado era muy intenso. Después, la disciplina comenzó a actuar con un perdón y una ternura constantes y universales, sin excepción. Uno ha de ser compasivo con todo, incluso con el propio yo y con los pensamientos de uno. Más tarde, tuve que estar dispuesto a dejar en suspenso los deseos y a someter la voluntad personal en todo momento. A medida que cada pensamiento, cada sentimiento, cada deseo y cada acto se sometían a Dios, la mente se iba quedando en silencio. Al principio, se desembarazó de historias y de párrafos enteros, después de ideas y conceptos. Y, cuando uno deja de querer poseer estos pensamientos, éstos ya no alcanzan tanta elaboración, y comienzan a fragmentarse cuando están a mitad de formarse. Finalmente, fue posible invertir la energía que hay tras el pensamiento antes siquiera de que se convirtiera en pensamiento.

El trabajo para fijar el enfoque fue constante e implacable, sin siquiera permitirse un instante de distracción en la meditación, y prosiguió mientras me dedicaba a las actividades habituales. Al principio, parecía muy difícil pero, con el paso de los días, se convirtió en algo habitual y automático, precisando cada vez de menos esfuerzo para, finalmente, suceder sin esfuerzo alguno. El proceso se parece al de un cohete que abandonara la Tierra. Al principio, hace falta un enorme poder pero, después, hace falta cada vez menos, a medida que la nave abandona el campo gravitatorio terrestre, hasta que, finalmente, se mueve por el espacio mediante su propio impulso.

De repente, y sin previo aviso, tuvo lugar un cambio de conciencia y la Presencia ya estaba ahí, inequívoca y omniabarcante. Hubo unos instantes de aprensión cuando el yo moría y, luego, el absoluto de la Presencia inspiró un relámpago sobrecogedor. El avance fue espectacular, más intenso que ningún otro con anterioridad. No había nada con qué compararlo en la experiencia normal. Tan profundo impacto quedó amortiguado por el amor que conlleva la Presencia. Sin el apoyo y la protección de ese amor, uno habría quedado aniquilado.

Después, vino un momento de terror, cuando el ego se aferró a la existencia, temiendo convertirse en nada. Pero, en vez de eso, cuando murió, se vio sustituido por el Yo como Totalidad, el Todo en el cual todo se conoce y es obvio en la perfecta expresión de su propia esencia. Con la no localidad, llegó la conciencia de que uno es todo lo que haya existido o pueda existir. Uno es total y completo, más allá de toda identidad, más allá de todo género, más allá siquiera de su misma humanidad. Ya nunca más habría que temer el sufrimiento ni la muerte.

Lo que sucedió con el cuerpo después de este punto es irrelevante. En determinados niveles de conciencia espiritual, los achaques del cuerpo se curan o desaparecen espontáneamente. Pero en el estado absoluto, tales consideraciones son irrelevantes. El cuerpo seguirá el curso previsto y, luego, volverá al lugar de donde vino. Es una cuestión sin importancia, y uno no se siente afectado por ello. El cuerpo se convierte en un "eso", más que en un "yo", como cualquier otro objeto, como un mueble de una habitación. Se le antoja a uno cómico que la gente siga dirigiéndose al cuerpo como si fuera el "tú" individual, pero no hay forma de explicar este estado de conciencia a quien no lo haya vivido. Lo mejor es seguir adelante con los propios asuntos y dejar que la Providencia se ocupe del ajuste social. Sin embargo, cuando uno se sumerge en el arrobamiento, es muy difícil ocultar un estado de semejante éxtasis. El mundo puede quedarse deslumbrado, y la gente puede venir desde muy lejos para conectar con el aura que lo acompaña. Los buscadores espirituales y los curiosos de lo espiritual pueden sentirse atraídos, al igual que los enfermos que están buscando un milagro; uno se puede convertir en un imán y en fuente de alegría para ellos. Normalmente, en este punto existe el deseo de compartir este estado con los demás, y de utilizarlo en beneficio de todos.

El éxtasis que acompaña a este estado no es absolutamente estable; también hay momentos de gran angustia. Los más intensos se dan cuando el estado fluctúa y, de repente, cesa sin razón aparente. En estos casos, se dan períodos de intensa desesperación, así como el temor de que la Presencia le haya olvidado a uno. Estas caídas hacen arduo el sendero y, para superarlas, hace falta una gran dosis de voluntad. Al final, se hace obvio que uno debe trascender este nivel o sufrir permanentemente estos insoportables "descensos desde la Gracia". Así pues, hay que renunciar a la gloria del éxtasis cuando uno se sumerge en la ardua tarea de trascender la dualidad, hasta que uno está más allá de todos los opuestos y sus conflictivos tirones. Una cosa es renunciar alegremente a las cadenas de hierro del ego, y otra muy distinta es abandonar las cadenas de oro de la dicha del éxtasis. Es como si uno renunciara a Dios, al tiempo que aparece un nuevo nivel de temor, un temor nunca antes anticipado; es el terror final de la soledad más absoluta.

Para el ego, el miedo a la no existencia era formidable, y le hizo retraerse de él una y otra vez, cuando parecía aproximarse. Luego, se hizo evidente el propósito de las agonías y de las noches oscuras del alma. Son tan intolerables, que su exquisito dolor le espolea a uno hasta el esfuerzo extremo que hace falta para superarlas. Cuando la vacilación entre el cielo y el infierno se hace intolerable, hay que someter incluso el deseo por la existencia. Sólo entonces se puede ir por fin más allá de la dualidad de la Totalidad frente a la nada, más allá de la existencia o la no existencia. Esta fase de culminación del trabajo interior es la más difícil, el instante decisivo final, donde uno se hace plenamente consciente de que la ilusión de la existencia que uno trasciende aquí es irrevocable. No hay marcha atrás desde este punto, y el espectro de su irreversibilidad hace que esta última barrera parezca la decisión más formidable jamás tomada.

Pero, de hecho, en este apocalipsis final del yo, la disolución de la única dualidad que queda, la de la existencia y la no existencia, la de la identidad misma, se disuelve en la Divinidad Universal, y no queda consciencia individual que pueda tomar la decisión. El último paso, por tanto, lo da Dios.

Fuentes:

Nota autobiográfica extraida del libro "Dejar ir"

Enlaces biográficos de los maestros mencionados dirigidos a la web

advaintainfo.com

Libros que puede encontrar en la Llibreria Les Paraules siguiendo el siguiente enlace:

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