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por Gangaji

Gangaji
Gangaji

Mi maestro contaba muchas historias didácticas. A veces hablaba de un león que había sido criado como un mono y que, gracias a otro león que le señaló su condición natural, despertaba a su verdadera naturaleza y rugía. Otras veces decía que el mejor lugar donde esconder cosas es el bolsillo del ladrón, y contaba la historia del rico mercader que podía confiar en que su diamante estaría seguro allí Y a menudo explicaba la historia llamada El tesoro escondido, que nos brinda un contexto para este libro. En El tesoro escondido, una humilde viuda y sus hijos, que vivían en la pobreza, descubren que siempre habían tenido un tesoro bajo sus pies.

Todas estas historias nos enseñan que no somos quienes creemos ser. Nuestra manera de definirnos no cuenta la verdad de quienes somos. Lo que pensamos que deberíamos tener ya está presente y, cuando creemos que nuestras vidas han perdido su valor, sigue estando allí; solo debemos saber dónde mirar.

Se te ofrece este libro para ayudarte a descubrir que nuestras historias individuales pueden señalar hacia eso que tenemos justo debajo de la nariz, aunque nos parece que está ausente. Cualquiera que sea nuestra historia particular, cada uno de nosotros tenemos la capacidad de descubrir la verdad de quienes somos.

El tesoro que creemos que tenemos que buscar fuera podemos hallarlo en nuestro propio ser. Y somos capaces de descubrir que, independientemente de cómo se ordenen y reordenen los sucesos de nuestras vidas, aquí —precisamente donde estamos— hay algo de verdadero valor.

Este libro muestra que nos mantenemos en la oscuridad y que podemos descubrir la luz sin que nada cambie en nuestra historia. La verdad es simple, pero las maneras de oscurecerla son complejas. Si podemos simplificar las complejidades de nuestro sufrimiento individual, ya estamos más cerca de la verdad. Pensamos que sufrimos de una manera única, y es posible que nuestras circunstancias sean únicas, pero las pautas son las mismas. Estamos bajo el hechizo de la ignorancia de maneras particulares y, al describirla, podemos disiparla.

Este libro te invita a contar tu historia en el marco del reconocimiento de la paz y de la realización que siempre están presentes en el núcleo de tu ser. El propósito de esta obra es ayudarte a ver lo que impide ese reconocimiento, la ropa que te has puesto para cubrir tu ser desnudo. Esa ropa está hecha de los recuerdos de sucesos pasados, tanto de tu pasado individual como de nuestro pasado colectivo.

Si eres como la mayoría de los seres humanos, tejes esas vestimentas en el presente mientras preparas tus guiones para el futuro. Si estás dispuesto a dejar de tejer durante un periodo de indagación profunda y sincera, podrás descubrir lo que las historias encubren. En este libro no se te pide que trasciendas la tuya. Podemos reconocer el poder, la belleza y el horror de nuestras historias particulares, y al mismo tiempo reconocer la necesidad de ver más allá de ellas para descubrir lo que vive en el núcleo. En nuestra larga historia humana ha habido grandes seres con biografías inspiradoras y asombrosas que revelan la victoria del autodescubrimiento. Lo que nos inspira de estos grandes seres es que sus vidas se orientaron hacia el sublime descubrimiento de la verdad eterna, y después reflejaron esa verdad. Este libro te invita a dejar que tu historia sea una contribución a la revelación universal del autodescubri-miento, expresado de una manera única como tú.

Esta invitación no es tan escandalosa como puede parecer inicialmente. Incluso los mayores santos y seres realizados tuvieron muchas cosas normales en su vida. Conocieron el dolor y el fracaso. Como nosotros, experimentaron la duda y los contratiempos. Cuando estamos dispuestos a reconocer lo ordinario en estas personas, aceptamos más plenamente la posibilidad de que nuestras propias vidas se orienten hacia el descubrimiento directo e interminable de nosotros mismos.

En este libro se te pide que veas lo que hay debajo y dentro de la historia. Hemos aprendido a presentarnos ante el mundo manteniéndonos bien tapados para protegernos y para engañar. Pero, independientemente de cómo nos presentemos a los demás, sufrimos si no somos conscientes de lo que es libre de nosotros. A medida que vas pelando las capas de tu propia historia, o que ves más allá de ellas, permaneces desnudo ante ti mismo, en conciencia silenciosa.

El pensamiento de estar desnudo ante ti mismo es posible que te atemorice. La mayoría de nosotros somos conscientes de que tenemos muchos fallos, y estar completamente desnudos trae consigo la posibilidad de descubrir todavía más. Hemos aprendido a encubrir hábil e inconscientemente lo que percibimos como nuestros defectos con capas y capas de historias. Nuestras imágenes internas y nuestras narraciones solo están hechas de imágenes y pensamientos, pero tienen un gran poder. Es posible que sepamos que son, al menos en parte, mentira, pero es muy probable que nos dé miedo descubrir lo que está tapado.

Somos diestros en preservar los hilos de nuestros guiones superpuestos y nos esforzamos por cubrir los agujeros y descosidos que la vida revela con persistencia. Este es un trabajo constante que requiere nuestra atención de día y de noche. En un instante, y aunque solo sea por un instante, podemos detenernos. Cuando nos cansamos de encubrir lo que tememos ser, podemos dejar de hacerlo. Cuando sentimos curiosidad por lo que es inmutable en medio del cambio constante, podemos dejar de prestar toda nuestra atención a lo cambiante. Cuando somos llamados a una vida que está más allá de nuestra imaginación, más allá de nuestra capacidad de construir, podemos dejar de construir nuestra vida. En ese momento descubrimos que cualquier pensamiento, con respecto a nosotros mismos solo es un hilo que contribuye a tejer una historia y que podemos soltar ese hilo. Al soltarlo, encontramos la fuerza para vernos desnudos. Nuestra atención puede volver al núcleo silencioso y consciente.

El núcleo silencioso y consciente está, naturalmente, desnudo de fenómenos, y está desnudamente presente en el núcleo de todo fenómeno. Solo nuestra distracción con los fenómenos —la ropa hecha de pensamientos, imágenes, impresiones sensoriales y recuerdos— mantiene nuestro núcleo tapado, impidiéndonos reconocerlo.

Al indagar en la historia de tu vida, puedes reconocer las capas de distracciones pasajeras que mantienen tu atención enredada. Cuando las reconoces, puedes recuperar tu atención. Puedes permitir que las distracciones se caigan, o puedes verlas y ver a través de ellas todo el camino a casa, al núcleo silencioso.

En la primera parte de este libro, presento mi propia historia personal e introduzco El tesoro escondido, la historia didáctica que a veces usaba mi maestro H. W. L. Poonja (Papaji). En la segunda parte, estas dos historias quedan deconstruidas, o desvestidas. Con ello me propongo ayudarte a examinar más profundamente tu propia historia de vida. Para lograrlo, la desvistes. Miras dentro de ella. Esta deconstrucción continua que se hace en este libro de mi propia historia y de la historia didáctica te ayuda a continuar deconstruyendo tu historia.

Cuando se reconoce la insustancialidad esencial de todo lo que el pensamiento ha tejido, el mecanismo encubridor queda expuesto. Estás desnudo. Puedes ver el núcleo de ti, no como otro objeto construido por el pensamiento, sino como el tesoro escondido que constituye la verdad de ti mismo. La conciencia silenciosa es la conciencia de uno mismo como sujeto eterno, como fuente eterna: el núcleo desnudo de tu historia; de mi historia; de la historia didáctica, y de toda la infinita y misteriosa variedad de las historias humanas.

Con este reconocimiento culmina la búsqueda de realización de toda una vida.

Fuente: Introducción al libro "EL TESORO ESCONDIDO" publicado por El Grano de Mostaza en 2012. Título original "Hidden Treasure: Uncovering the Truth in Your Life Story "
El libro lo podeis encontrar en la Llibreria Les Paraules o en su web haciendo clic aquí.

El observador y lo observado, por J. Krishnamurti

J. Krishnamurti
J. Krishnamurti

Por favor, continúe conmigo un poco más. Puede que este asunto sea algo complejo, algo sutil; pero, por favor, continúe examinándolo.

Cuando yo creo una imagen de usted o de alguna otra cosa, puedo observar esa imagen; por tanto, está la imagen y el observador de ella. Digamos que veo a alguien con una camisa roja, y mi reacción inmediata es que me gusta o que no me gusta. El que me guste, o no, es resultado de mi cultura, mi preparación, mis asociaciones, mis inclinaciones, mis características adquiridas o heredadas. Es desde este centro desde donde observo y juzgo, por lo cual el observador está separado de lo observado.

Pero el observador se da cuenta de más de una imagen; él crea miles de imágenes. Sin embargo, ¿es el observador diferente de esas imágenes? ¿No es él simplemente otra imagen? Siempre está añadiendo o quitando algo de lo que es él. Es algo vivo que continuamente está sopesando, comparando, juzgando, modificando y cambiando como resultado de presiones, tanto de afuera como de su interior; vive en el campo de la consciencia, que es su conocimiento, influencias e innumerables conjeturas.

El observador
El observador

Al mismo tiempo, cuando usted observa al observador, que es usted mismo, ve que está hecho de recuerdos, experiencias, accidentes, influencias, tradiciones y de una infinita variedad de sufrimientos, todo lo cual es el pasado. Así, el observador es ambas cosas: el pasado y el presente, y el mañana que está por llegar, es también parte de él mismo. Está medio vivo y medio muerto, y con esta vida y esta muerte está observando, con la hoja viva y muerta. Y en ese estado mental que está dentro del campo del tiempo, usted (el observador) observa el temor, los celos, la guerra, la familia (esa horrible entidad encerrada en sí misma, que se llama familia) y trata de resolver el problema de lo observado que es el reto, lo nuevo. Usted está siempre interpretando lo nuevo en función de lo viejo y por ese motivo se halla en continuo conflicto.

Una imagen, el observador, observa docenas de otras imágenes a su alrededor y dentro de sí mismo, y dice: "Me gusta esta imagen, la conservaré", o "no me gusta esa imagen, la desecharé". Pero el observador mismo está compuesto de las varias imágenes que han surgido como reacción a otras diversas imágenes. Y así llegamos a un punto en que podemos decir: "El observador es también la imagen, sólo que se ha separado de ella y observa". Este observador nacido de otras imágenes diversas se considera permanente y hay una división, un intervalo de tiempo, entre él y las imágenes que ha creado. De aquí surge el conflicto entre él y las imágenes que, según cree, son la causa de sus dificultades. Entonces dice: "Debo deshacerme de este conflicto", pero el mismo deseo de desembarazarse del conflicto crea otra imagen.

La percepción de este hecho, que es la verdadera meditación, ha revelado la existencia de una imagen central, compuesta de todas las otras imágenes, y esta imagen central, el observador, es el censor, el experimentador, el evaluador, el juez que quiere conquistar o subyugar las otras imágenes o destruirlas por completo. Las otras imágenes son el resultado de los juicios, opiniones y conclusiones del observador, y este es el resultado de todas las otras imágenes; por tanto, el observador es lo observado.

Así pues, la percepción ha revelado los diferentes estados mentales; ha revelado las diversas imágenes y la contradicción entre ellas; ha puesto de manifiesto el conflicto resultante y la desesperación de no poder hacer nada, y también los diversos intentos por escapar de él. Todo ello se ha revelado por una cautelosa y titubeante percepción y luego viene la percepción de que el observador es lo observado. No es una entidad superior la que llega a darse cuenta de esto; no es el "yo superior" (la entidad superior, el "yo superior", son simples invenciones, que son también imágenes); es el propio estado de percepción el que había revelado que el observador es lo observado.

Si usted se hace una pregunta, ¿quién es la entidad que va a recibir la respuesta? ¿Quién es la entidad que va a investigar? Si la entidad es parte de la consciencia, parte del pensamiento, entonces es incapaz de descubrirlo. Lo único que puede descubrirlo es un estado de percepción. Pero si en ese estado sigue habiendo una entidad, que dice: "Debo darme cuenta, debo practicar para estar alerta", esa es también otra imagen.

El darse cuenta de que el observador es lo observado no es un proceso de identificación con lo observado. Identificarnos con alguna cosa es bastante fácil. La mayoría de nosotros nos identificamos con algo ―con nuestra familia, nuestro esposo o esposa, nuestra nación―, y eso causa gran sufrimiento y grandes guerras. Estamos examinando algo distinto por completo, y debemos comprenderlo no verbalmente, sino dentro de nuestro corazón, en lo más profundo de nuestro ser. En la antigua China, antes de que un artista empezara a pintar cualquier cosa ―un árbol, por ejemplo― se sentaba frente a él durante días, meses, años, no importaba cuánto tiempo, hasta que él era el árbol. No se identificaba con el árbol sino que era el árbol. Esto significa que no había espacio entre él y el árbol, ningún espacio entre el observador y lo observado; no había experimentador percibiendo la belleza, el movimiento, las sombras, la extensión de una hoja, la cualidad del color. Él era totalmente el árbol, y sólo en ese estado podía pintar.

Cualquier movimiento por parte del observador, si no se ha dado cuenta de que el observador es lo observado, crea solamente otra serie de imágenes, y de nuevo se ve atrapado en ellas. Pero ¿qué ocurre cuando el observador se da cuenta de que el observador es lo observado? Vaya despacio, muy lentamente, porque ahora tratamos de penetrar en algo muy complejo. ¿Qué ocurre? Que el observador no actúa en absoluto. El observador ha dicho siempre: "Debo hacer algo con estas imágenes, debo suprimirlas o darles una forma diferente". Siempre está activo respecto de lo observado, actuando o reaccionando de manera apasionada o despreocupada, y esta acción de agrado o desagrado la llaman acción positiva. "Me gusta; por tanto, debo conservarla. Me disgusta; por tanto, debo desecharla". Pero cuando el observador se da cuenta de que la cosa con respecto a la cual está actuando es él mismo, entonces ya no hay conflicto entre él y la imagen. Él es eso. No están separados. Cuando había separación entre ambos, actuaba o trataba de actuar, de hacer algo, pero cuando el observador se da cuenta de que él es eso, ya no hay agrado ni desagrado, y el conflicto cesa.

¿Para qué actuar? Si algo es usted mismo, ¿qué puede hacer? No puede rebelarse, ni huir, ni siquiera aceptarlo. Está ahí. Por tanto, termina toda acción que sea consecuencia de reacción al agrado o desagrado.

Entonces descubrirá que hay una percepción que se ha vuelto tremendamente viva. No está sujeta a nada esencial ni a ninguna imagen, y de la intensidad de esa percepción surge una cualidad diferente de atención y, por tanto, la mente ―por ser ella esa percepción― se ha vuelto extraordinariamente sensible e inteligente en grado sumo.

Fuente: Text tret del llibre "Liberese del pasado" de J. Krishnamurti. Publicat en castellà per Gaia ediciones al 2013. Títol original:"Freedom from the know"

Llamadme por mis verdaderos nombres

Thich Nhat Hanh amb el Dalai Lama
Thich Nhat Hanh amb el Dalai Lama

No digáis que partiré mañana,
pues aún estoy llegando.

Mirad profundamente;
estoy llegando a cada instante,
para ser brote de primavera en una rama,
para ser pajarillo de alas aún frágiles,
que aprendo a cantar en mi nuevo nido,
para ser mariposa en el corazón de una flor,
para ser joya oculta en una piedra.

Aún estoy llegando
para reír y para llorar,
para temer y para esperar.

El ritmo de mi corazón
es el nacimiento y la muerte
de todo lo que vive.

Soy un insecto
que se metamorfosea
en la superficie del río.

Y soy el pájaro
que se precipita para tragarlo.

Soy una rana
que nada feliz
en las aguas claras del estanque.

Y soy la serpiente acuática
que sigilosamente
se alimenta de la rana.

Soy el niño de Uganda,
todo piel y huesos,
mis piernas tan delgadas
como cañas de bambú.

Y soy el comerciante de armas
que vende armas letales a Uganda.

Soy la niña de doce años,
refugiada en una pequeña embarcación,
que se arroja al océano
tras haber sido violada por un pirata.

Y soy el pirata,
cuyo corazón es aún incapaz
de ver y de amar.

Soy un miembro del Politburó
con todo el poder en mis manos.

Y soy el hombre que ha pagado
su “deuda de sangre” a mi pueblo
muriendo lentamente
en un campo de concentración.

Mi alegría es como la primavera,
tan cálida que hace florecer
las flores de la Tierra entera…

Mi dolor es como un río de lágrimas,
tan vasto que llena
los cuatro océanos.

Llamadme por mis verdaderos nombres,
os lo ruego
para poder despertar
y que la puerta de mi corazón
pueda quedar abierta,
la puerta de la compasión.

Thich Nhat Hahn (Monjo budista, escriptor, poeta i activista per la pau.)Publicat en el llibre "Llamadme por mis verdaderos nombres". Editorial La Llave. 2016

Aquest poema va ser escrit en 1978, durant l'época d'ajuda als “boat people”.  Fou llegit per primera vegada en un retir dut a terme en el Centre Kosmos d'Àmsterdam.

La sublim poesia de la compassió

Quan la poesia barreja una austera bellesa i el sentiment més transcendental es converteix en sublim. Cada vegada que rellig aquest poema del gran Mestre (i gran poeta) budista Thich Nhat Hanh no puc menys que emocionar-me fins al fons de l'esperit. Per la forma, però sobretot pel contingut.

L'autor resumeix en aquest esplèndid poema el que el budisme denomina la visió clara. Una percepció del món en la qual han desaparegut les barreres imposada pel jo-ego. Una percepció on se sent un integrat amb totes les formes de vida: la de la víctima… i la del botxí. Una apreciació plena d'amor, que expandeix les fronteres, que abasta amb la seua lúcida mirada un cercle molt més extens, sense límits. La compassió fruit d'una mirada desperta.

Todos tenemos el mismo origen por Sergi Torres

Mis crisis llegaron cuando había empezado a vivir experiencias fuera de lo concebible por mí, más allá de mi personalidad y de mi forma de ver la vida y a mi mismo. Lo que sentía era el pánico a descubrir que no sabia quién era ni por qué había nacido. Estaba viviendo una vida que no tenía sentido, jugando el papel de un personaje que no sabia qué función tenia.

Cuando me di cuenta de eso, mi cerebro no lo soportó. Lo viví como si fuera un engranaje de varias piezas en el que de repente una de ellas empieza a girar más rápido que las otras. Como las otras aún no están adaptadas a esa nueva velocidad, friccionan. Y esa fricción fue la que generó en mi la crisis de ansiedad.

Veía cómo mi cerebro patinaba. De repente estaba en casa y miraba la textura de las cosas, me daba cuenta de que mi realidad era una textura onírica, que lo que yo llamaba "mi vida" no era real sino un simple sueño generado por la interpretación de mi mente. Al darme cuenta de esto desde mi estructura humana sentía una angustia y un miedo que no podía soportar. La aventura, entonces, es despertar de ese sueño en lugar de aprender a soportarlo.

Sergi Torres
Sergi Torres

Imaginémonos que después de esa larga búsqueda por fin nos paramos y que nuestra conciencia, en lugar de mirar las cosas que ocurren en nuestra vida y la forma en que ocurren, de repente se da la vuelta hacia si misma y nos damos cuenta de que estamos vivos, que estar vivo es lo que nosotros somos. Imaginémonos descubrir que aquello que hemos estado intentando cambiar y de lo que hemos estado intentando huir, de repente pasa a ser lo que nosotros somos.

Esto es muy simple, demasiado simple. Para nosotros, desde la perspectiva en la que estamos acostumbrados a pensar, lo simple se convierte en algo tremendamente intenso y aterrador. Por esa razón nos complicamos la vida a más no poder. Tenemos la sensación de que en la complejidad está la seguridad. Sin embargo cuanto más compleja es nuestra vida, más nos alejamos de su esencia y más dolor sentimos. Ridículo, ¿verdad?

Nos convertimos en complicadores profesionales y olvidamos que lo majestuoso, lo puro y lo milagroso está en lo simple. De ahí esa sensación que atenaza a tantos seres humanos de que la vida no tiene sentido. Por supuesto que lo tiene, lo que no tiene sentido es la forma en que la vivimos.

Una de las complicaciones del mundo espiritual actual es buscar el control de la mente o la felicidad rechazando lo que sentimos en nuestro presente. Hacer esto genera una lucha tremenda que no tiene ningún sentido. Evitar pensar es imposible porque lo máximo que alcanzaremos es pensar que no pensamos.

Somos producto de una conciencia infinita que nos piensa a nosotros. Somos un pensamiento suyo y no nos damos cuenta de ello porque hemos construido nuestra propia falsa sensación de independencia y creemos que pensamos nuestros propios pensamientos en nuestro libre albedrío. ¿A costa de qué? Es muy doloroso pensar otra cosa distinta a lo que el amor piensa. Lo curioso es que en este camino de intentar alcanzar el amor sin condiciones o bien tomamos la responsabilidad completa de nuestra experiencia humana o bien corremos el riesgo de creer que estamos consiguiendo alcanzarlo.

Dentro de la dinámica universal, nosotros somos pensamientos de la conciencia universal. Esto implica dos cosas: una, que nuestra tendencia va a ser regresar a nuestro origen, es decir a la conciencia universal; y dos, que vamos a ser amados eternamente y sin condiciones por ella. Nosotros, a su vez, como generadores de nuestros pensamientos, también somos responsables de ellos, pero no los pensamos de la misma manera que nuestro origen nos piensa a nosotros. Por suerte nuestros pensamientos saben que nosotros somos su origen y regresan a nosotros constantemente. Algunos de nuestros pensamientos puede que quizá lleven más de sesenta y cinco años tratando de regresar a su origen porque están buscando ser amados, pero nosotros los rechazamos porque no nos gustan.

El acto de crear siempre implica amor. Cuando nosotros damos origen a un pensamiento, la esencia de ese acto es el amor, pero quizá la intención con la que lo pensamos está lejos de querer amar. Eso hace que el pensamiento que hemos pensado no nos guste y que en lugar de asumir nuestra responsabilidad para alinear su intención con su esencia, lo que hacemos es rechazarlo y responsabilizar de él a las situaciones o a las personas que nos rodean.

Todos tenemos el mismo origen y por lo tanto somos lo mismo en esencia. Desde nuestra forma irresponsable de pensar, el mundo siempre nos parece que es la causa de lo que nos ocurre. Si pudiéramos darnos cuenta, por un instante, del dolor que nos generamos a nosotros mismos al creer esto, pararíamos inmediatamente de avivar el fuego de la inconsciencia.

Saltar al vacio
Portada del libro Saltar al vacío

Este juego en el que el otro siempre es alguien distinto a nosotros alimenta la sensación de distancia y evita la experiencia de unidad; lo que nos duele porque a su vez nos lleva a vernos separados de nuestros propios pensamientos. Esto es pura locura. Creer que hoy es un día hermoso debido a la ausencia de nubes y no darnos cuenta de que es hermoso debido a que nosotros opinamos eso es un claro síntoma de profunda locura mental.

Este estado de locura nos lleva a juzgar nuestros propios pensamientos y a aumentar aun más nuestra disociación. ¿Podemos imaginar el dolor que implica esto? Tener pensamientos del tipo "no me gusta lo que pienso" o "no debería pensar esto" es similar a dar a luz a un bebé, mirarlo y querer tirarlo a la basura al ver que no nos gusta.

Es tan doloroso lo que hacemos que, al no soportar ese dolor inconsciente, responsabilizamos a los demás de lo que pensamos. Es un mecanismo mental de autodefensa del dolor autogenerado. Nos defendemos de nuestra propia forma de pensar echando la responsabilidad a los demás. En nuestro afán de complicar las cosas y de separarnos de la vida entramos en espacios de soledad tremendos. Quizá a ti no te ocurra igual pero cuando yo me siento mal, me siento solo. Cuando me siento bien, no me siento solo. Te invito a ser honesto contigo mismo.

Muchas veces creemos que nos sentimos mal porque estamos solos pero es justo al revés: nos sentimos solos porque nos sentimos mal y buscamos algo o alguien que calme esa sensación interna en nosotros y que obviamente no va a aparecer. ¿Por qué? ¡Simple! Porque nosotros somos los responsables de esa soledad.

Si yo me siento solo, por muy bien que me lleve contigo, pronto me daré cuenta de que tú no tienes la capacidad de llenarme. Si yo me siento mal es porque me estoy desconectando de mi propia vida y entonces aparece la soledad. Es de una lógica aplastante.

(Extractes del llibre Saltar al vacío)

Lo que me dijo el abedul

Abedul monumental
Abedul monumental

Me dijo el abedul: Estoy limitado en la forma, pero no en el espíritu. Si miras bien, verás a Dios entre mis ramas, en mi tronco y en mis hojas. Pero lo que ves oscurece tu visión. Lo que tú ves actúa como un velo que te impide ver realmente. Lo que ves no es más que el reflejo de tu propia inconsciencia, y lo será mientras sigas atado a tu individualidad, mientras no hayas entregado todo tu ser a las estrellas, mientras pienses que todavía puedes existir.

Existir, la gran ilusión. Tú no existes, yo no existo, ninguno de nosotros existe. Solo cuando seamos conscientes de la no existencia podremos ver realmente. Aunque cuando se llega a ese punto, ya no hay persona alguna que ver porque ya no hay distancia entre el que ve y el que es visto, ya no hay nada que ver, nada que experimentar, hay existencia común y simultánea. Solo está la libertad última, la libertad de ser y de ya no existir.

¿Por qué quieres distanciarte? ¿Por qué quieres separarte? ¿Para asumir tú solo la responsabilidad de todas las prerrogativas del Universo? El Universo no lo permitirá. Si lo haces, también tú te perderás, y serán vanos tus intentos de volver a encontrarte. Solo obtendrás sufrimiento, desesperación y muerte.

Y, así, te morirás a menudo, hasta el momento en que, habiéndolo abandonado todo, incluso el sentido de tu propia individualidad, acabes encontrando...el abedul que yo soy...en ti.

Prefaci del llibre "La Libertad de Ser. El camino hacia la plenitud" de Annie Marquier

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